domingo, 21 de octubre de 2018

Tiempo ha pasado desde que no escribía en serio acerca de la necesidad de desnudar mi alma...Esta necesidad de ir detrás de un rasgo de mi persona que se repite, comenzando en mi niñez cuando en sueños despierta yo era un ángel que se aparecía ante mis padres, como mediadora cada vez que mi padre disparaba insultos a gritos, y violencia desmedida hacia mi madre, siempre sumisa...O me presentaba cuando uno de mis hermanos fallecía, ahí estaba yo, como una luz que venía a consolar, a contener, entre el dolor y la pena, entre el silencio y las sombras, entre sollozos, impotencia y rabia.

Creo que era yo misma que sentía todo eso, y una manera de soportarlo era cerrar los ojos y soñar que detenía todo aquello, siendo un ángel.

Y ahora al escribirlo, lo pienso, y quisiera volver allí con mi mano adulta y mi experiencia acoger  a aquella niña y darle afecto, dulcemente acariciar su cabeza y secar sus lágrimas.

Porque claramente esa fue mi manera de protegerme, siendo un ángel invencible e invisible.

De manera que nada ni nadie me tocara y me hiciera daño.

El año 2012 viví una experiencia muy rara, así como especial, al participar en una constelación familiar. Recuerdo que lloré tanto, pero tanto, liberaba las lágrimas de otra persona, la culpa de otra persona. Y habiendo tenido la oportunidad de liberar mis propias penas, miedos y culpas, nunca me constelé, el miedo y la verguenza superaron mi curiosidad.   

Pienso y nada escribo. Las ideas a cerca de mis sentimientos se quedan allí, en el limbo.

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